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DÍA 07: El mordisco a la manzana con forma de Luna llena

Me senté al borde del parque en Begoña. Miré hacia arriba buscando los bordes del cielo que se tocan con los rascacielos en el horizonte. Aún había luz directa del día así que sería mediodía, aunque no sabía a ciencia cierta qué hora era. Estiré los dedos una y otra vez, sintiendo cómo la hierba húmeda se enredaba en mis pies.

“¿Ah, cuánto tiempo ha pasado desde que te fuiste a Islandia, cariño?” pregunté en voz alta, aunque nadie más estaba allí conmigo. “Si le preguntara a otras personas me asegurarán que solo te marchaste por unas horas; si le preguntara al calendario que está colgado en la pared de mi cuarto, sabría que fueron 7 días; pero si me preguntas tú a mí, te diré que se ha sentido como si fueran 30 días… probablemente varios meses”

Recliné la cabeza sobre el césped y miré la madrileña bóveda celeste que no tenía absolutamente nada que decirnos, era tan monocolor que me pareció que un niño la había pintado utilizando un solo carboncillo. Lancé la mano hacia la mochila que tenía a mi lado -como lo haría un pescador lanzando un anzuelo- y rescaté una manzana Golden que estaba inusualmente anaranjada.

“¿Por qué te he echado tanto de menos, mi amor?” pregunté girando mi cabeza hacia un lado, imaginándome que ahí estabas, también entrelazando los dedos de los pies en la hierba húmeda. “¿Qué es lo que realmente echo de menos de ti? ¿Será tu cuerpo? ¿Serán tus ojos? ¿Serán tus manos? ¿Será tu voz? ”. Cerré los ojos durante varios segundos, disfrutando animosamente del recuerdo de ti –o, al menos, la figura que mi imaginación dibujaba en ese momento-. <<Es curioso que cuando intentamos recordar algo, cerramos los ojos, como si necesitáramos de una oscuridad plena para poder crear algo>>

Aún tumbado en la hierba, cogí la manzana con dos dedos y la sujeté firmemente, como si fuese un tenedor ensartado en la base de la pieza. Después, elevé la manzana a la altura de mi rostro. Cerré uno de los ojos y miré a la manzana, dándome la sensación de que estaba viendo la luna llena sobre ese puro cielo azul. Me llevé la fruta a la boca y le pegué un gran mordisco, abriendo mucho la boca pero sin apretar demasiado los dientes. “Echo de menos juguetear a que te muerdo el brazo… y oír esos pequeños gritos que sueltas como si te estuviese haciendo mucho daño. ¿Cuánto tiempo llevas fuera, cari?”

Moví la manzana de abajo arriba aparentando que la luna –ahora en fase menguante- ascendía a la cima del cielo. “¿Qué es lo que realmente echo de menos de ti?” repetí con voz pausada. “¿Será tu cuerpo? ¿Serán tus ojos? ¿Serán tus manos? ¿Será tu voz? ”.

Continué comiendo la Golden hasta que estuvo en fase creciente. Y allí fuera aún era absolutamente de día, pero mis párpados me pesaban mucho –formando otra luna en fase creciente- tal y como lo hacían cuando estaba profundamente cansado. “¿Será ya de noche?” divagué a pesar de que los rayos del sol me rozaban la piel.

Sintiendo el cansancio en mis huesos, miré el hueso de la manzana en busca de la poca carne que aún quedaba, y solté el último mordisco posible. Al tragar ese puñado de proteínas vi o creí ver que el cielo se doblaba sobre mí, formando una “V”. Una vez que el vértice de la V se dobló tanto que pareció querer acariciar mi tripa, surgieron unas arrugas sobre el cielo inclinado, como las de una camisa azul a rallas mal planchada al final de un largo día.

Claramente el mundo estaba girando a mi alrededor, orbitando sobre mi cuerpo a la deriva; así que cerré los ojos esperando a que en la oscuridad nada pudiese moverse de sitio.

Aún mareado, dejé la manzana sobre la hierba como lo haría un pescador que prefiere devolver su trofeo al mar. A su lado, un pequeño caracol pasó arrastrándose entre la hierba. “¿Qué es lo que realmente echo de menos de ti?” repetí una tercera vez, con voz lenta e hipnótica. “¿Será tu cuerpo? ¿Serán tus ojos? ¿Serán tus manos? ¿Será tu voz? ”.

Entonces te vi, te vi perfectamente.

Ahí estabas, desnudándote delante de mí por primera vez.  Sacándote de manera delicada ese vestido azul repleto de flores rojas que tanto te gusta, sabiendo que no había ninguna prisa, porque aquella noche era la de dos adolescentes en una noche de verano. Trepaste la cama mostrándome que tu piel aún se resguardaba detrás del sujetador y de las braguitas, chivándome que serían mis manos y no las tuyas las que te los iban a robar. Yo, nervioso, fui a quitártelas con la boca. De repente, te reíste. Sí, te hizo gracia que te mordiera la ropa interior de la misma manera en que te mordía el brazo; y a mí me encantó que te rieras.

“Ah, te echo tanto de menos…”

Un ruido brusco me despertó de mi letargo y abrí los ojos de par en par. Un perro paso a mí lado persiguiendo una pelota de tenis que botaba alejándose de mí; y creí que el caracol también iba en la misma búsqueda. Me incorporé, balanceándome con ambos brazos.  “¿Me he quedado dormido?” me pregunté. Entonces miré mi reloj de mano y comprobé que eran las 7 de la tarde. “Sí, debo haberme quedado dormido.”

A duras penas me puse de pie y caminé regresando a mi casa torpemente, tan solo con las llaves y el teléfono móvil. Más tarde, ese mismo día, salí de fiesta con mis amigos a un bar de mi pueblo natal. Entre la tercera y la cuarta copa uno de ellos me acusó de tener cara de cansancio. “Pareces haberte quedado dormido al sol con la cara sobre una parrilla” dijo provocando la risa de todos. “No, no es eso” contesté. “En realidad, me he quedado dormido en el parque del barrio… Y he tenido el más extraño de los sueños”

Aparté la rodaja de manzana y le di un gran sorbo al Appletini. “He tenido el más extraño de los sueños” repetí. “He soñado con que echaba muchísimo de menos a una persona en España; a una persona a la que no conozco en verdad. En el seuño era como si yo estuviese viviendo allí, y estuviese saliendo con una gallega a la que realmente amaba, una novia con la que había vivido compartido muchas cosas. Al parecer, esta chica se había ido de viaje unos días a Islandia o algo así. Solamente eso, se había ido de viaje unos días, pero me había hecho sentir un profundo malestar, la mayor de las soledades. De verdad que la echaba de menos, la echaba tanto de menos. Todo en el sueño claro…”

“!Nunca he oído a nadie hablar de que ha soñado con una persona que no existe y a la que echa de menos!” exclamó él algo más serio.

“Te juro que el sueño ha sido tan intenso que aún me cuesta pensar que no es real”. Volví a dar otro gran sorbo sobre el Appeltini, buscando que el Martini hiciese de las suyas sobre mi consciencia. Ahora quería olvidar a esa chica de ensueño. Mi amigo me sacó una sonrisa y se puso a divagar sobre la inflación de la moneda en Argentina. Yo, sin embargo, no pude prestarle la menor intención.

“¿Qué es lo que realmente echaba de menos de ella?” reflexioné, entusiasmado, como si fuese un detective que estaba a una pista de resolver un crimen. “¿Sería su cuerpo? ¿Serían sus ojos? ¿Serían sus manos? ¿Sería su voz? ”.

Entonces, cerré los ojos y apreté los dientes con fuerza. Recogí -a tientas- la rodaja de manzana que estaba en la copa de cóctail y me la comí de un solo mordisco. La mastiqué lentamente, abstraído en lo que me había pasado en el parque. De repente, en mi mente se formó la figura de una chica, una chica con el pelo rojizo y los ojos grandes como la luna, a veces color miel a veces color verdoso. Su presencia era tan clara que si estiraba mi mano podría rozarla, pero no lo hice de puro nervioso. Sin embargo, ella, que notaba mi injustificada cobardía –después de todo era mi imaginación- se acercó a mí, me miró fijamente a los ojos y me susurró al oído. “¿Te acuerdas de la primera vez que me desnudé delante de ti? ¿Te acuerdas de la primera vez que hicimos el amor? ¿Te acuerdas de cómo me reí cuando me intentaste quitar las braguitas con los dientes…”

“Ya sé” resolví mientras abría los ojos y pedía más Martini. “Lo que echaba de menos de esa chica en el sueño, no fue su cuerpo, sino su presencia, no fueron sus ojos sino su mirada, no fueron sus manos sino su calor, no fue su voz sino sus palabras.”

***

Desde aquel extraño sueño -en el que echaba de menos a una chica que se iba a Islandia durante 7 días- no he echo otra cosa más que echarla de menos… Y sí, es así, porque a palos descubrí que la verdadera suerte es tener la suerte de poder echar a alguien en falta…

Y vuelvo todas las tardes al mismo parque de siempre, con una manzana Golden resguardada en la mano. Descalzo, estiro los dedos de los pies dejando que la hierba se entrelace entre mis pies. Y allí cierro los ojos una y otra vez, deseando que esa chica -del pelo rojizo y de ojos grandes como la luna, a veces color miel a veces color verdoso- exista de verdad; cierro los ojos una y otra vez, deseando despertarme de un momento a otro sabiendo que el no haberla conocido solo había sido un terrible sueño.

I love you

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DÍA 06: Tan indefenso

Me gustaría poder decirte mucho más de lo que te puedo decir, pero las palabras se me resbalan de lo cansado que estoy. De hecho, llevo una media hora dando vueltas sobre unos cuántos párrafos que he decidido descartar.

He concluido que es mejor no escribir absolutamente nada hoy. Y digo esto porque de verdad que a veces es mejor guardarse ciertas cosas para uno. ¿No crees?

Fin del blog… (no sigas leyendo, por tu bien, y porque no hay nada que leer)

Tal vez eso es lo que deba hacer, y deba mantener en secreto el hecho de que hoy me he asustado un poco al darme cuenta de lo mucho que te he pensado; casi obsesivamente. Ha sido todo el tiempo, desde la mañana (desayunando a la vez que releía el blog), en el briefing (pensando distraídamente en nosotros), en el almuerzo (intentando no aburrir a Milda con comentarios sobre ti), en el gimnasio (pensando en que me gustaría que estuvieses ahí, a mi lado; y en lo sexy que te quedará la ropa de gimnasio), y desde luego ahora.

Sea lo que sea, no debo decirte una vez más, que este viaje tuyo se me ha hecho cuesta arriba. Que, pase lo que pase, no debo repetirte lo largo que se me ha hecho y que he estado todo el tiempo contando los minutos para que regreses.

No debo contarte que alguno de estos días me he sentido hasta mal por la distancia contigo; llegando al punto en el que han habido momentos en los que te he hablado raro y todo (como el sábado).

Sí, ya sé, me he comportado mal, como si me costase verte tan feliz por ahí pululando mientras yo te estaba echando de menos. Muy egoísta. La verdad es que no se me ocurre nada más triste que esto… así que nunca te lo diré; no vaya a ser que te asustes.

Como también es verdad que estos días me he sentido especialmente inseguro, viéndote tan perfecta como te veo, tan hermosa, tan sexy y tan salvaje como tú eres.

Definitivamente, no debo confesarte, que cuando empezamos a salir sentí una conexión tan grande contigo, que te echaba de menos de una manera extraña e inusual. Tanto fue así, que en las primeras semanas que no te veía demasiado, creí que tal vez no debiera salir contigo porque sentía un vacío muy grande que me asustaba. Esto es verdad, y es tan verdadero que sé que no debo contártelo.

Debo confiscar todos estos pensamientos y encerrarlos en alguno de esos lugares a los que mi memoria no llega, porque si te lo contase, estaría mostrándome sumamente indefenso.

Sería como si te estuviese revelando de una vez por todas todos mis miedos, mis inseguridades y mis vergüenzas. Sería como un hombre desnudo, durmiendo a tu lado, absolutamente desprotegido, a merced de todo lo que tu quisieras hacer.

Y jamás haría algo así, porque solamente una persona que está absolutamente enamorada de alguien es capaz de ser tan sincero y transparente. Solo alguien tan absolutamente enamorado es capaz de mostrar todos sus defectos de primera, casi como retándote para que los veas; diciéndote a la cara «estos son mis defectos, míralos bien, pero no los toques, porque a pesar de lo que parecen, son en realidad una frágil y delgadísima capa».

Sí, sí… detrás de esa capa de inseguridades, hay un hombre invincible. Te lo prometo.

Tú me has hecho invencible, esa chica de ojos perfectos, de sonrisa perfecta, que tanto me hace reír, que tan feliz me hace, me ha hecho invencible. Y cada mirada, cada palabra y cada día a tu lado me hacen aún más invencible.

Y pase lo que pase, siempre utilizaré esta inmortalidad que me has regalado para intentar, a mi manera, hacerte feliz. Ese es todo mi propósito… dar con la forma de hacerte cada día un poquito más feliz…

TE QUIERO

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DÍA 05: El Granizo

No me di cuenta de lo nervioso que estaba hasta que te vi llegar con ese vestido negro con encajes. Estabas increíble, increíble… pero no nos adelantemos. Aún no.

La verdad es que todo había empezado mucho antes, cuando nos dijimos, casualmente, que podíamos quedar para ir juntos a la fiesta de navidad. Es decir, acordaste ir junto a mí -¡yo!-, en vez de con cualquier otra persona de todo Meliá; incluyendo Cristina, Milda u otros de tus compañeros de departamento o, incluso, sola. “¿Por qué yo?” me pregunté. “¿Por qué yo?” me volví a preguntar una y otra vez.

Esa voz tuya -esa vocecita- que me dijo de quedar para ir a la fiesta, me produjo una sensación que me recordó a algo que me había pasado en el instituto, como si mi lengua hubiese vuelto a probar un sabor que llevaba una década sin degustar. Pero para explicar esa sensación tengo que hablarte del contexto:

Cuando tenía 16 años tenía la ferviente convicción de que jamás tendría novia. Nunca, nunca, nunca. Mis argumentos no eran muy elaborados la verdad, pero incluían axiomas tales como:

  • “Llevo el 100% de mi vida sin novia, por ende el futuro será igual”
  • “Soy feo, y la gente no cambia”
  • “Si no he tenido novia hasta ahora significa que nunca la tendré. Obviamente”
  • “Soy mucho más feo de lo que creía”
  • “16 años malgastados…”

A pesar de que mis teorías eran absurdas, yo tenía una enorme capacidad para auto-convencerme de las mayores estupideces. Así pues, resolví que ninguna chica se podría fijar en mí, independientemente de los esfuerzos que yo hiciese, ya fuesen físicos o mentales. Con todo esto, vino la mejor parte, porque al verme soltero de por vida empecé a fijarme en otras cosas, como la guitarra o la lectura.

Lo curioso es que estaba tan obnubilado en mi falso argumento que no caí en la cuenta de que varias chicas de mi clase se habían fijado en mí. No 1, no 2, sino varias… De hecho, mucho más tarde, una de ellas me confesó que había estado “coladita” por mí durante los años de instituto. “¡Oh… de haberlo sabido!” me recriminé.

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Pero no nos desviemos de la historia, todo esto venía a cuento de esa sensación que me habías producido al quedar conmigo para ir a la fiesta de navidad; esa sensación, que como ya dije, había vivido en el instituto y la cual aún no he explicado. Sigo:

Ensimismado en mi indiferencia hacia todas las mujeres –propia del hombre feo-, no me di cuenta de que una chica, la chica más guapa de toda la clase, se estaba girando todo el tiempo para mirarme. Sí, era la misma escena de una película norteamericana, donde uno de los críos se voltea de su pupitre para buscar la mirada de una compañera.

Increíble, pero así era. Ella estaba mirándome. Y yo oteaba al techo. Pero de vez en cuando, nuestras miradas se cruzaban brevemente, haciéndome dudar durante un instante. “No olvides tu lema: eres feo y siempre estarás soltero. ¡Ella no te está mirando con intenciones lujuriosas, estará perdida o vaya a saber qué!”

Durante varios días y durante varias semanas, continuó ese bailoteo de miradas entre ella y yo; pero por intensas que fuesen esas miradas, yo no estaba preparado para derribar mis principios sobre mi eterna soltería. Pasó septiembre, pasó octubre, pasó noviembre y llegó navidad.

Un día de diciembre, poco antes de las vacaciones, comenzó a granizar. Grandes piedras blanquecinas caían con violencia sobre la ventana de la clase, y se oía el golpeteo del granizo sobre los capós de los coches aparcados en el colegio. Todos se levantaron hipnotizados y se dirigieron a la ventana, haciendo caso omiso al profesor –quien también tendría más ganas de ver el granizo caer que de explicar la gravedad-. Yo, que aún seguía mirando al techo, bajé por fin la mirada y vi que allí no quedaba nadie en su sitio. Nadie, excepto una persona. Ella seguía mirándome fijamente, con una ligera sonrisa llena de picardía; la misma mirada y la misma sonrisa que llevaba poniéndome estos 3 meses y medios.

Pero entonces, por primera vez, ese gesto de ella me produjo una emoción diferente. “¿Y si…?” dudé… “¿Y si…?”. Las comisuras de mis labios se secaron de los nervios, y mis piernas temblaron un poquito al ritmo del granizo que seguía cayendo fuera. Tragué saliva, como reuniendo fuerzas, y sentí que esa emoción se personificaba y me susurraba al oído: “Y si llevas todo este tiempo equivocado… y si ella sí te mira porque le gustas…”

Fuera, el granizo se detuvo, pero en mis tripas parecía que estaba granizando con más fuerza que nunca. Las piedras heladas bombardeaban mi interior, y me pareció perfecto que así fuera.

Y sí, esa fue la sensación que sentí cuando acordamos en ir a la fiesta de navidad: “Y si…” dudé, “Y si…”.

Recuerdo que me había quedado en la oficina trabajando hasta la tarde, a pesar de que nos habían dado tiempo para cambiarnos, pero yo no tenía tiempo para volver a Majadahonda. Tampoco Ana tenía tiempo para ir a Valdemoro. Así que, para tu sorpresa, esa chica se interpondría en nuestra solitaria ruta hacia la fiesta. ¡Y yo que me moría de ganas de pasar un rato a solas contigo!

Antes de salir a la calle, me metí en el baño de las oficinas para cambiarme. Saqué la ropa –ya algo arrugada- de la mochila y me vestí para la ocasión. La verdad es que al mirarme al espejo supe que no estaba a la altura de las circunstancias. Sentí un poquito de pena y vergüenza de mí mismo y me dolió pensar que no te atraería nada a ti. Todo esto se acrecentó cuando te vi ese vestido negro…

Una vez en el metro, con Ana y Almudena, estuve especialmente callado, algo nervioso por la incómoda situación. Mientras vosotras hablabais de novios que ya no son novios, yo hacía cálculos mentales sobre cuánto te habías desviado de tu trayectoria para quedar conmigo –si es que te habías desviado algo-

Luego ocurrió lo que ya sabes, fuimos a tomar algo a la Mordida y, finalmente, a seguir tomando algo –muchos algos- en la fiesta de navidad. Una vez allí, tú te me escapabas cada dos por tres, al menos eso es lo que recuerdo. Ibas a hablar con esa persona de “x” departamento, o con aquella otra de “x” hotel. Así que deambulaba algo perdido entre esa multitud tan conocida y tan lejana para mí, preguntándome si esa sensación que había sentido unas horas antes había estado desencaminada.

Llegando el final de la noche entendí que todos esos “y si…” que había formulado unas horas antes no habían tenido un fundamento sólido; era como si al quedarse dormida la noche se quedaran dormidas mis esperanzas.

Ya con las ilusiones diluidas en patadas de realismo, sucedió algo absolutamente imprevisible. “Te acompaño a la parada, si quieres” dijiste. Supongo que yo contestaría algo sutil e indiferente, pero por dentro estaba diciéndome: “esa increíble chica del vestido negro va a volver a desviarse de su ruta para pasar, por fin por fin, un rato a solas contigo”.

Caminamos torpemente desde el hotel hasta Moncloa, tropezándonos aquí y allá por esos grados de alcohol de más, los tacones y el frío de una noche de diciembre. Al llegar a la parada miramos el tablón con los horarios y yo deseé que esa noche no pasara ninguno más. Por desear, deseé que no existiesen los autobuses, que no existiesen las carreteras, que no existiese Majadahonda y que no existiese el mañana.

Conversamos distraídamente –de nada-, esperando a ese autobús que sí iba a venir. Mi memoria es incapaz de chivarme qué nos dijimos esa noche, pero estoy seguro que no sería gran cosa. Después de todo, mi cabeza estaba pensando en algo totalmente diferente de lo que mi boca estaba dispuesta a decir.

“Qué guapa es…” esto sí recuerdo pensar. “Tiene los ojos más bonitos que existen”…

El autobús nocturno 651 se detuvo frente a nosotros, totalmente indiferente a nuestros propósitos –al menos los míos-. Nos dirigimos a la larga cola de gente borracha que esperaba ansiosa por subir, y nos quedamos al fondo, sin ninguna ilusión por concluir algo que todavía no había empezado.

Tú pediste un cabify mientras yo rebuscaba entre las tarjetas de mi cartera. Paso a paso, la cola se iba achicando como uno de esos cigarrillos que tanto te gustaba fumar.

Entonces sucedió el tercer hecho imprevisible de la noche…

Comenzó a granizar.

Las piedras blancas y frías caían con tanta rabia que la gente se apelotonó entre empujones para subir al autobús. Impulsivamente, te cogí de la mano y te arrastré debajo de la parada del autobús para refugiarnos del bombardeo. Los dos miramos hacia el techo de la parada y vimos absortos cómo el granizo parecía que iba a derribar la caseta tarde o temprano.

Una de las piedras de granizo rebotó en el suelo y se detuvo bajo nuestros pies. Los dos la observamos, divirtiéndonos como niños que juegan con la nieve por primera vez. Luego nos miramos, el uno al otro. Y a pesar de que nos habíamos visto seiscientas veces desde que nos conocimos por primera vez, sentí que aquella era la primera vez que te miraba.

Entonces, por segunda vez en mi vida, ese gesto me produjo una emoción especial. “¿Y si…?” dudé… “¿Y si…?”. Las comisuras de mis labios se secaron de los nervios, y mis piernas temblaron un poquito al ritmo del granizo que seguía cayendo fuera de la parada. Tragué saliva, como reuniendo fuerzas, y sentí que esa emoción se volvía a personificar para gritarme al oído: “Tienes todo el tiempo del mundo, pero el mundo te está regalando este momento…”

Me humedecí los labios como pude, intentando que no se me notaran las intenciones, pero sé que me habías visto. Si no te apartabas en los próximos 3 segundos es que tú te estabas humedeciendo el alma. Te tomé entre mis brazos y te besé. El autobús arrancó a nuestro lado y tu cabify te canceló el viaje como si tú y yo hubiésemos desaparecido de la faz de la tierra; mientras la carne de tus labios me enseñaba que había un sabor en el mundo que aún no había probado, como tu olor perfumado me enseñaba que había un aroma en el mundo que aún no había disfrutado…

Sin despegarme de ti, abrí los ojos para ver qué sucedía más allá de nosotros. El granizo caía con tantas ganas que no se podía ver más allá de medio metro. De hecho, el mundo fuera de la parada de autobús se había convertido en una inmensa cortina blanca que lo inundaba todo.

“Tienes todo el tiempo del mundo, pero el mundo te está regalando este momento…”

Te cogí las manos –que no estaban nada frías- y las deposité sobre mi cintura. Yo hice lo mismo con mis brazos, haciendo que te unieras a mí como si fuésemos dos inmensos bloques de hielo mezclándose a la deriva. Sin abandonar tus besos por un momento, volví a acercarte a mí, sin darme cuenta de que mi sexo estaba acariciando a tu sexo. Instintivamente, te empujé unos centímetros hacia atrás, haciéndote chocar contra el cristal de la parada. Coloqué una de mis manos al lado de tu cabeza, apoyándome en el vidrio, y sentí cómo el granizo impactaba del otro lado.

A los pocos segundos, mi mano se quedó fría y húmeda de estar apoyada en el cristal, así que la aparté. En el camino, rocé dulcemente mis nudillos sobre tus mejillas, pero no me detuve allí. Continué bajando, infiltrándome bajo tu abrigo. Ahora tocaba ese vestido negro que unas horas antes me había resultado etéreo. Progresé en mi camino hasta que mi fría mano tocó uno de tus pechos. Soltaste un ligero gemido mientras me estrujabas el hombro con tu mano derecha.

Mientras mis dedos seguían acariciando tu pezón, mi mano izquierda comenzó a ascender desde tu rodilla hasta tu cintura, obligándote a resoplar. Apreté intencionadamente alrededor de tu sexo, y después continué trepando hasta que ésta también llegó hasta tu pecho. Ambas manos se abrazaron sobre tus senos, y ascendieron una última vez hasta tu cuello, haciendo que tu cabeza se inclinara ligeramente hacia atrás.

Paso a paso, fui besándote desde los labios hacia abajo, como si mi lengua estuviese haciendo rappel sobre tu cuello. Y una vez más, acerqué mi sexo a tu sexo, aplastándonos cálidamente contra el cristal. Fuera, el silbido del granizo cayendo al suelo se entremezclaba rítmicamente con nuestras respiraciones ahogadas y calurosas.

Me rodeaste el cuello con tus brazos, y yo te cogí de ambas piernas. Tiré de ellas hasta que trepaste sobre mi cintura. Ambos perdimos el equilibrio y caímos al suelo. Tú encima de mí y yo encima del Universo. Nos miramos contrariados, perdidos como si hubiésemos sido dos personas cuyas consciencias hubieran sido abducidas temporalmente. Pero ninguno de los dos quiso dejar de ser quien era. Todo era perfecto.

Aún en el suelo, te quité el abrigo y me quitaste el abrigo. Luego, nerviosamente, me desprendiste la camisa y yo nerviosamente te quité el vestido. Mi pene rozó tus braguitas, que estaban húmedas como lo había estada tu alma unos minutos atrás. El placer fue tan grande, que tuve que tirar de ti para que me siguieras besando, porque tu lengua hacía que mi gozo se quedara atrapado.

Acariciándote el rostro con mi mano derecha, utilicé mi mano izquierda para apartarte las braguitas. Posé dos dedos sobre tu coño, que estaba caliente, y comencé a moverlos circularmente, mientras mi pene adulaba a tu entrepierna. Entonces me pediste que te hiciera el amor. Yo no me extrañé ni por un segundo de que hubieses escogido esas palabras. “Hacer el amor”.

Coloqué mi pene sobre tu vagina y te inclinaste hacia mí, haciendo que nuestros cuerpos comenzaran a unirse. Entré dentro de ti y tú entraste dentro de mí.

Entonces, el granizo se detuvo en seco, produciendo un increíble silencio tan intenso que nos resultó ruidoso. Sin embargo, ahora estaba granizando dentro de nuestras tripas; y lo estaba haciendo con una fuerza que nunca habíamos sentido. Las piedras heladas bombardeaban nuestro interior, y nos pareció perfecto que así fuera; chocándose en nuestras entrañas como pelotas de pinball, haciéndonos arder una y otra vez.

***

Aquella noche estuviste preciosa, estuviste perfecta, como si hubiese pedido un millón de deseos y todos se me hubiesen cumplido. La verdad, es que desde entonces, no ha habido un solo segundo en el que haya dudado de lo feliz que me hace, que cada vez que te veo, vuelva a granizar en mi interior.

I love you so…

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DÍA 02: La Luna, las estrellas fugaces y lo bonito de echarse de menos…

Hoy, después de hablar contigo, volví a sentir esa soledad que tuve el domingo al dejarte en casa tras tantos días juntos. Tuve un mal sabor de boca porque los cigarrillos no saben nada bien si no es a tu lado, un poco de tembleque en las piernas por no saber muy bien adónde ir (estaba en la calle), y hasta creyendo que la tarde se me iba a hacer larga -cuando contigo se me hacen tan cortas.

Y ya sé que todo esto que digo tiene algo de exageración, pero también tiene algo de verdad. ¿No crees?

En cualquier caso, siempre te digo por lo bajini, que me hace muy feliz echarte de menos. Entre otras cosas, porque me ayuda a recordar lo mucho que te quiero. Además, en la distancia siempre surge algo, un pequeño propósito, una meta, un destino… Y sí, la distancia de tu viaje a Islandia (en kilómetros y en días), me hacen desear que llegue septiembre, que llegue el próximo fin de semana, etcétera…

Me encanta que exista una distancia con la próxima escapada contigo, o con un evento en Meliá en el que compartiremos miradas y, probablemente, acabemos escondidos en algún sitio para darnos un beso. Me encanta pensar que nos encontraremos en Navidad, abrigados hasta arriba, quizás con nieve.

Ays! qué bonita es la distancia, porque después de todo, ese nerviosismo de los primeros días de nuestra relación se debían a esa conquista, paso a paso, de la distancia que aún teníamos…

Bueno… y esta idea de que es por la distancia que surge el deseo, me recordó a un pequeño textito que había escrito. lo busqué y lo encontré… resulta que lo escribí hace casi exactamente 8 años!

VIVA LA DISTANCIA (30/08/2011)

Al principio del todo, cuando las cosas no eran cosas, la Luna se había enamorado de los hombres por la capacidad que estos tenían de soñar con fuerza, de cumplir sus proyectos y de querer llegar más lejos; sobre todo, de posponer la línea de meta siempre que era posible. Diose cuenta la Luna y presumida quiso, empujón a empujón, girar alrededor de la Tierra consiguiendo llegar a todos las personas que allí vivían. Iluminó los sueños de los planetarios durante milenios, siempre cada veinticuatro horas. Era un ejercicio agotador pues exigía la no demora y el no descanso; muy seguro apuesto si digo que ninguna otra vencería, ¡otros tantos se atrevieron! pero ella, a falta de desgastarse, se hacía más fuerte al ver que los hombres agradecían al horizonte sus victorias y conquistas. 

No había ocasión en que la Luna no asomara redonda y brillante, siempre dispuesta a sugerir los caminos por los que habitar, siempre orgullosa de ser cómplice de la magia por la que los hombres vivían. Tanto era que al caer la tarde era común ver a varios cientos de personas arrinconadas en la colina, con los ojos abiertos y el alma entregada, todos pedían deseos a la Luna y pocas las veces en que no se cumplían. Ella devolvía las peticiones con un silencio que aún así se escuchaba. 

Una vez, cuando las cosas no eran cosas, le pregunté a la Luna qué movía toda aquella magia, y ella me contestó sincera que “la distancia”. Más quise saber y más pudo contarme; tanto hallé que no puedo callarme: que las personas se mueven porque hay dónde ir, que las personas aman porque lo amado está en continua búsqueda, en definitiva, que la distancia es por lo que las personas avanzan. Entendí, después, que la mayor distancia era aquella que jamás podría alcanzarse, que la distancia última era la que nunca se dejaba tocar con la yema de los dedos, y que esa distancia no era otra que la que había entre la Tierra y la Luna. Eso que de inconquistable tenía la Luna era lo que generaba la posibilidad, la posibilidad de la magia, la posibilidad del deseo, la posibilidad de creer.

Era fácil: por una distancia infinita los hombres recorrían las distancias finitas. Por un camino inaccesible y etéreo los hombres construían senderos en la Tierra. Por lo que estaba inviolable más allá, las personas iban paso a paso en sus propuestas. La gente creía en la magia gracias a lo desconocido, a la distancia, y por ello podían pedir, y sólo al que pide se le otorgan los deseos. 

Sin embargo, cuando las cosas ya eran cosas, el hombre quiso pisar la Luna porque no entendía que en la distancia estaba la magia, el hombre no entendía que el no ver algunas cosas le hace a uno más hermoso, que lo desconocido le hace a uno enfrentarse a sí mismo y superarse. Mirar si no las flores, ejemplos divinos, tan hermosas ellas y sin ojos con los que mirarse; la naturaleza les hizo así porque les pide que confíen en ellas, en su propia belleza, y sólo se les pide eso. La naturaleza le había pedido al hombre que encontrara en la distancia el motor de sus andares, que en ella y por ella se luciera; que, sobre todo, confiara en esa distancia, en esa magia. En otras palabras: la naturaleza le había pedido al hombre que no engullera esa distancia insalvable que había en ciertas cosas, pues era por ello por lo que los hombres se movían con dulzura. El día en que el hombre llegó a la luna, ese alunizaje televisado, desapreció la distancia y con ella la magia.

¿No veis hoy lo delgada que luce la Luna? La Luna, antes esférica eterna, hoy se enseña menguante, tapándose el rostro avergonzada; la Luna ya no quiere que la veamos, porque los hombres ya no ven nada en ella. De vez en cuando hay Luna llena, sí, pero en tanto los pocos que aún creen en ella dejen de hacerlo, la Luna se detendrá y los hombres bajo ella. 

Hoy, cuando sólo existen cosas pegadas a otras cosas, estamos tan sumamente pegados que no nos movemos. ¿O acaso habéis visto a alguien hacer algo por alguien últimamente? Ni siquiera por ellos mismos. Apatía. Hoy, cuando sólo existen cosas, no hay lugar a la distancia. Yo, que una vez hablé con la Luna, me impongo que vuelva la distancia, que vuelvan las cosas inalcanzables, que vuelva lo imposible, que por ellas yo he nacido, que por ellas yo me muevo. 

Sabed vosotros que una estrella fugaz es la forma que la distancia tiene de llamarnos la atención. La Luna se marcha y los otros también, por eso caen en llamas. No les dejemos ir. Creer, vivir la magia. Inventar lugares, crear distancias.

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Día 01 – Aeropuertos (sobre las salidas y las llegadas)

Los aeropuertos me gustan, sí, me gustan. Por eso no me importa ir con tiempo y pasear por todas las puertas de embarques, por los dutty free y por las salas de espera. ¡Por gustarme, hasta me gusta pasar por seguridad!

También me gusta ver las caras de los viajeros, aquellos que se van de vacaciones a las Maldivas, aquellos que van a una reunión a Hong Kong o esos (sobre todo estos) que tienen esa expresión en la cara de que están dejando algo importante detrás, y que les duele; les duele mucho.

La idea fundamental es la siguiente: en un aeropuerto todo es posible. Sí, es posible ir a Islandia a por unas vacaciones, pero también es posible dejar atrás el trabajo, dejar atrás una familia o empezar una nueva relación; cambiar de paisajes, cambiar de horizontes y cambiar de gentes.

Con esto quiero decir que hace relativamente pocos años que somos capaces de tener un aeropuerto a nuestro alcance para poder cambiar el rumbo nuestras vidas cuando lo necesitemos.

Pero no pienses que esta es una idea triste, al fin y al cabo esos cambios de rumbo hizo que esos dos chicos de los que hablaba en el primer post coincidieran en una oficina de Meliá

Dejar Argentina fue el cambio de rumbo más importante y aquí hay una pequeña anécdota. Imagínate que con 12 años recién cumplidos (2 días antes del vuelo), uno es lo suficientemente mayor como para entender lo que significa viajar de Argentina a España, pero es lo suficientemente menor como para no entender las consecuencias que eso tenía: realmente iba a dejar de ver a mis tíos, a mis abuelos, a mis amigos del barrio y a mis primos.

En el aeropuerto, mi madre (mi padre ya estaba aquí) y mis hermanos nos despedimos de mi tia y de mis dos primos. Caminamos por el pasillo de cristal de seguridad y antes de desaparecer tras la multitud, di media vuelta para ver a esa familia que se quedaba allí; del otro lado de las barreras.

Fue entonces, justo entonces, cuando lo entendí todo: mi prima, Gimena, de 14 años, estaba llorando desconsoladamente. Un nudo en el estómago me hizo saber que no la volvería a ver nunca más.

Bueno, la verdad es que la volví a ver. Sí, pero la volví a ver 2 veces más. 2 veces en casi 20 años. Y, el otro día me confesó mi madre que estaba embarazada; pero la distancia es ya demasiado grande.

Pero todo eso que se quedó atrás es, justamente, lo que me ha hecho poder encontrar el mayor tesoro de mi vida; aquí, en España, en Madrid, y en una pequeña sala de una oficina en Chamartín. Y yo sé que mi prima es muy feliz allí del otro lado, y yo soy muy feliz de este. Y eso es más que suficiente! Al fin y al cabo, en un aeropuerto hay tanto SALIDAS como LLEGADAS….

Hoy embarcas en un vuelo a Islandia y yo que te deseo lo mejor, hasta que disfrutes del aeropuerto, del avión, de despegar y de aterrizar! Pero sobre todo, deseo que desees tanto como yo que pronto llegue el día en que compartamos una ventanilla de un avión que se dirige a uno de esos países exóticos que tanto te gustan.

Yo, mientras tanto, me quedaré pensando, que un boing 737 me trajo más cerca de ti hace 18 años.

I love you…

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Una conexión que es 1 entre 1 Billón de Billones de Billones…

¿Cuál es la probabilidad de que dos personas se conozcan y se enamoren?

La verdad es que, en general, son extremadamente bajas. ¿No? Pero cuál sería la probabilidad si hablamos de dos personas que han nacido en continentes distintos, en años distintos, a más de 10.000 kilómetros de distancia, que han estudiado en escuelas, institutos y en Universidades distintas, sin mencionar que se trata de dos personas que han estudiado carreras muy dispares y que han empezado a trabajar en industrias diferentes. Vale, las probabilidades son ínfimas, pero aún así me quieres convencer de que las probabilidades existen! ¿De verdad crees que es posible?

¿Estás segura? ¡Venga ya!

Fíjate aún más de cerca. A todo lo que hemos dicho arriba, también hay que añadirle el hecho de que esas dos personas se tuvieron que acercar; digamos que una de ellas hace un cambio de industria y que finalmente coinciden en la misma oficina. ¿Cuál es la probabilidad de que se sienten juntos? Y aún sentándose cerca, ¿cuál es la probabilidad de que coincidan a menudo, si realmente ni son del mismo departamento?

Bueno, bueno… solo por seguirte el rollo. Pongamos que sí coinciden, en un evento aquí, en un evento allá; y que todo eso va sumando. ¿De verdad me sigues diciendo que es posible que, además, se enamoren?

¡Déjalo ya! ¿A caso no ves que es imposible esto que dices?!! No hay manera humana de que se de en la tierra una conexión así, sería como elegir el premio ganador entre 1 Billón de Billón de bolas; esto sería como comprar el boleto ganador de la lotería con treinta años de diferencia, el mismísimo día en que naces. ¡Absurdo! ¿Te imaginas al bebé diciendo, me das un cupón con el número 26052019, para el sorteo que se celebrará dentro de treinta años? Y no solo eso… sino que el bebé va y lo gana! Manda cojones.

Todo esto que me dices es un sin sentido y yo te confirmo que es IMPOSIBLE que esas dos personas de las que me hablas se encuentren y se enamoren… !Es matemáticamente imposible!

Pero también te digo, que si ese bebé acertó la lotería con 30 años de distancia, estoy seguro de que sería el hombre más feliz del mundo. De hecho, si algo tan increíblemente imposible fuese a pasar, ese chico haría un Blog para publicarle un post durante cada uno de los días en que su novia está de viaje por Islandia; así lo haría porque pensará que es un «bonito» regalo de 3 meses.

DÍA 04: Sobre el mate y lo que otras cosas como el mate me producen

Al leer el título y ver la foto te preguntarás: ¿por qué este tipo me va a hablar del mate? La respuesta: espera, espera… que al final hay un motivo…

No recuerdo si has probado el mate o si sabes lo que es. Así que por las dudas te lo cuento! El mate es una especie de té (hierba) que se bebe en un cuenco llamado mate. Lo que realmente lo hace diferente, además de su sabor, es que se toma utilizando una bombilla en vez de bebiendo directamente del recipiente.

La bombilla tiene un motivo. Claro. Mientras que en un té clásico se usa una bolsita para que las hierbas no se mezclen con el agua; en el mate la hierba se vuelca directamente sobre el cuenco. De hecho, la hierba cubre prácticamente todo el envase.

Así pues, el proceso es el que sigue:

  1. Se cubre de hierba el mate
  2. Se echa algo de azúcar o sacarina líquida (opcional)
  3. Se vierte el agua hasta arriba
  4. Y ale! a Beber

… peeeeero… el mate se toma en pocos segundos -a diferencia de un té-. Entonces, lo rellenas y sigues bebiendo hasta que te estalla la panza. Así que es ideal para compartir con más gente, turnándote para beberlo.

¿Sabías que en Argentina es común compartir el mismo mate entre mucha gente? ¡Todos bebiendo de la misma bombilla!

De hecho, ahora mismo estoy bebiendo mate con mi madre (de la misma bombilla, sí). Ella es la cebadora así que lo ha preparado a su gusto (con más azúcar de la que me merezco). Por turnos vamos bebiendo, primero ella, después yo… así hasta que se termina el termo de agua caliente.

Y tú te preguntarás… «¿qué mísero motivo a hecho que mi pareja me torture haciéndome leer estos párrafos aburrídisimos sobre el mate -siendo que además ya sabía lo que era-?»

El motivo es el siguiente: !siempre he pensado que el mate tiene algún componente químico que hace que la gente, además de engancharse a ello, sienta un bienestar y una felicidad especial!

Esto lo digo, porque el mate en argentina es un hecho social, hasta el punto en el que la gente pasa horas sentada alrededor de un mate, compartiéndolo entre conversaciones… y si has probado un mate, sabes de sobra que su sabor no es especialmente rico… para nada. Así que, no hay manera de explicar esa obsesión por este brebaje si no es porque produce alguna reacción química especial: felicidad.

¿No has visto a Messi o a Suarez bajando del autobús bebiendo mate? Hasta bajan del autobús cargando el cuenco lleno de agua hirviendo y dándole sorbitos como si les fuese la vida en ello., ¡y todo esto a pocos minutos de jugar un partido de fútbol donde corren 10km! ¿De verdad no crees que debe tener algo especial que activa alguna parte del cerebro y hace sentir bien?

Ya sé, ya sé lo que me dices… «¿qué me importa a mí todo esto que me dices?» Respuesta: ya casi lo sabrás…

Ahora bien, ya habiendo explicado la teoría del mate, por fin puedo decir que, a fin de cuentas, esto es lo mismo que pasa con el café, con el chocolate, con el tabaco y con el alcohol. Literalmente, todos estos productos tienen en común el que son drogas. Sí drogas. El café es una droga. Y, además, que son elementos naturales..

En la Picaraza hay un pasaje en donde uno de los personajes dice que en realidad el café no le gusta a nadie, y que si lo bebemos es solo porque nos gusta la experiencia de beber café -por lo mismo que a la gente le gusta haber leído, más que leer; o por lo mismo que a la gente le gusta haber hecho deporte, más que hacer deporte-.

Y sí, yo también opino así. A fin de cuentas, a todo el mundo le parece horrible el sabor del café, del alcohol y del tabaco cuando lo prueban por primera vez. Así pues, no es el sabor lo que nos atrae a estas drogas… es ese componente químico que nos produce una reacción X en nuestro cuerpo.

Y una vez más… me preguntas, ya tirada en el suelo, harta de mí… «¿qué me importa a mí todo esto?… si ya sabía lo que era el mate, y también sabía de sobra que el café era una droga… que el chocolate era una droga… y que como drogas que son, producen cambios químicos en nuestro cerebro»

La Respuesta: ¡los Psicodélicos también son una droga!

Sí, así es Patri, te he contado toda esta milonga para hablarte de los psicodélicos, porque a fin de cuentas, hay una línea mucho más delgada entre esta droga y el café, el chocolate, el alcohol y el tabaco. Por un momento, olvídate de todo lo que crees saber sobre ella… de todos los prejuicios que tienes, etc… Inclusive, olvidando el hecho de que existe una versión química (LSD), ya que los psicodélicos en gran medida son productos naturales (setas o plantas)

Ahora bien, este es el proceso:

  • El café: nos despierta, los sentidos se nos agudizan
  • El tabaco: nos relaja, los sentidos se tranquilizan
  • El chocolate: nos alegra
  • El alcohol: nos desinhibe

¿Entonces, qué producen los psicodélicos? Bueno, producen muchas cosas, pero entre algunas de las manifestaciones, estas son las más comentadas (no todas a la vez en cada consumo):

  • Sinestesia: es decir, que se mezclan los sentidos: olemos colores, o escuchamos olores…
  • Alucinaciones: a partir de un consumo alto (>=5mg) se suele hablar de alucinaciones; pero no siempre suceden. Las imágenes que producen las alucinaciones tienen mucho que ver con el ambiente en el que estés en el momento de tomar los psicodélicos y, en cualquier caso, siempre suelen mezclarse con elementos de nuestra propia vida, especialmente traumas o pensamientos reprimidos.
  • Muerte-del-yo o, mejor dicho, Disolución-del-yo: esto, lo que quiere decir es que, se suele experimentar algo en donde los límites del yo se difuminan, hasta el punto en el que la persona se diluye en la naturaleza o en el universo. Sin duda, esta es la característica que más me llama la atención y es el que la gente más comenta.
  • Ligado con el punto anterior, la gente informa que la experiencia suele incluir un fuerte componente místico (que no religioso), en donde comprenden mejor cuál es su lugar en el universo.
  • Casi la totalidad de las personas que han consumido psicodélicos (y lo han hecho en el ambiente correcto) hablan de experiencias absolutamente positivas y constructivas.
  • Por último, los psicodélicos no solo no son adictivos, sino que, además, contribuyen a eliminar previas adicciones.

En fin… que la lista continua, pero me paro aquí.

Y todas estas características, parece que están teniendo una fuerte respuesta en pacientes con grandes trastornos post-traumáticos, etc…

Pero más allá de eso, de verdad que estoy intrigado en experimentar con ellos. No por nada en especial, no se trata de una obsesión. Es más bien, la idea de que si me encanta tomar algo de chocolate porque me produce felicidad, algo de alcohol porque me desinhibe, me chifla pensar en que existe algo natural que puede alterar nuestra percepción del mundo de una manera tan importante que nos ayuda a ver el mundo y nuestro yo de una manera distinta y original.

De hecho, hay muchas teorías por ahí fuera que hablan de que las setas mágicas, que son psicodélicos, están al inicio de muchas de las religiones del mundo. Además, como ya sabes, forman parte esencial de muchos rituales de tribus y chamanes, etc…

Por haber teorías… hay incluso teorías que hablan de que es gracias a los psicodélicos a que los humanos empezaron a ser humanos. Mejor dicho, es gracias a ellos a que los hombres comenzaron a hablar, ya que fue la experiencia de la sinestesia (mezcla de los sentidos) lo que condujo al lenguaje. Inclusive… hay teorías, ya absolutamente pasadas de rosca, que insinúan que las setas mágicas son unos especies de dioses que controlan el universo y que están intentando comunicarse con los hombres para transmitirles un mensaje… Valeee.. esto ya es de locos…

En fin, patri, imagínate por un momento, lo que debe ser oler el sabor de un melocotón, o ver el sonido de un lobo aullando, lo que debe ser sentir que te disuelves en el Universo y en la naturaleza, o que tienes una alucinación en el que experimentas algo tan imposible como tu propio nacimiento.

Y, finalmente, tú me dirás: «Vale, me has hecho perder laaargos minutos de mi vida contándome este rollo que realmente ya me has explicado en otras ocasiones. Ya me has dicho que quieres probar psicodélicos alguna vez. Así que, ¿para qué contarme todo este rollazo una vez más?

RESPUESTA:

Cada vez que alucino imaginando las experiencias que pueden llegar a generar los psicodélicos, pienso (y cada vez más y más), que tú eres la droga más fuerte que existe en todo mi UNIVERSO, y a tu manera, tú eres un psicodélico para mí. De verdad, que lo eres. Sí.

Y olvídate de pensar que es porque eres adictiva, que también. Es, más bien, porque alteras mi percepción de las cosas; y me alteras porque cada vez que estoy a tu lado, siento una apabullante sensación de felicidad como he sentido pocas veces en 30 años; porque cuando paseo contigo aprecio mucho más todas las cosas que tengo alrededor, porque cuando hago el amor contigo alucino hasta el punto en el que los sentidos se me mezclan -cuando beso tu sexo veo las estrellas, cuando estoy dentro de ti siento que estoy en todas partes-; eres mi droga favorita porque alteras mi percepción del tiempo, una y otra vez… eres mi droga favorita porque haces que todo lo demás tenga, por fin, sentido.

Ah… mi amor, alteras mi realidad de una manera tan bonita, que detesto bajarme de ella cuando me toca.

Deseando volver a subirme a ti y que alteres mi percepción del universo otra vez…

TE QUIERO.

DÍA 03: Ara Batur

Después de tantas palabras, hoy tengo algo distinto para ti…

Esta canción que te dejo abajo es probablemente una de mis favoritas de todos los tiempos, al menos cuando hablamos de canciones tristes. Aunque «triste» no es la palabra, en realidad es más bien melancólica, emotiva y con mucha fuerza!

Ya te he dicho varias veces que para mí las canciones que aparentemente son «tristes» para los demás, me resultan positivas para mí. Es como si esa melancolía me enseñara cosas…

PERO Te propongo un pequeño reto… guarda esta canción -y el link del video… porque esta versión es más especial- en un cajón. Escóndela… y cuando un día tengas el ánimo para algo así, escúchala, pero escúchala bien, con cascos y mirando al techo o algo así 😉

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