
Me senté al borde del parque en Begoña. Miré hacia arriba buscando los bordes del cielo que se tocan con los rascacielos en el horizonte. Aún había luz directa del día así que sería mediodía, aunque no sabía a ciencia cierta qué hora era. Estiré los dedos una y otra vez, sintiendo cómo la hierba húmeda se enredaba en mis pies.
“¿Ah, cuánto tiempo ha pasado desde que te fuiste a Islandia, cariño?” pregunté en voz alta, aunque nadie más estaba allí conmigo. “Si le preguntara a otras personas me asegurarán que solo te marchaste por unas horas; si le preguntara al calendario que está colgado en la pared de mi cuarto, sabría que fueron 7 días; pero si me preguntas tú a mí, te diré que se ha sentido como si fueran 30 días… probablemente varios meses”
Recliné la cabeza sobre el césped y miré la madrileña bóveda celeste que no tenía absolutamente nada que decirnos, era tan monocolor que me pareció que un niño la había pintado utilizando un solo carboncillo. Lancé la mano hacia la mochila que tenía a mi lado -como lo haría un pescador lanzando un anzuelo- y rescaté una manzana Golden que estaba inusualmente anaranjada.
“¿Por qué te he echado tanto de menos, mi amor?” pregunté girando mi cabeza hacia un lado, imaginándome que ahí estabas, también entrelazando los dedos de los pies en la hierba húmeda. “¿Qué es lo que realmente echo de menos de ti? ¿Será tu cuerpo? ¿Serán tus ojos? ¿Serán tus manos? ¿Será tu voz? ”. Cerré los ojos durante varios segundos, disfrutando animosamente del recuerdo de ti –o, al menos, la figura que mi imaginación dibujaba en ese momento-. <<Es curioso que cuando intentamos recordar algo, cerramos los ojos, como si necesitáramos de una oscuridad plena para poder crear algo>>
Aún tumbado en la hierba, cogí la manzana con dos dedos y la sujeté firmemente, como si fuese un tenedor ensartado en la base de la pieza. Después, elevé la manzana a la altura de mi rostro. Cerré uno de los ojos y miré a la manzana, dándome la sensación de que estaba viendo la luna llena sobre ese puro cielo azul. Me llevé la fruta a la boca y le pegué un gran mordisco, abriendo mucho la boca pero sin apretar demasiado los dientes. “Echo de menos juguetear a que te muerdo el brazo… y oír esos pequeños gritos que sueltas como si te estuviese haciendo mucho daño. ¿Cuánto tiempo llevas fuera, cari?”

Moví la manzana de abajo arriba aparentando que la luna –ahora en fase menguante- ascendía a la cima del cielo. “¿Qué es lo que realmente echo de menos de ti?” repetí con voz pausada. “¿Será tu cuerpo? ¿Serán tus ojos? ¿Serán tus manos? ¿Será tu voz? ”.
Continué comiendo la Golden hasta que estuvo en fase creciente. Y allí fuera aún era absolutamente de día, pero mis párpados me pesaban mucho –formando otra luna en fase creciente- tal y como lo hacían cuando estaba profundamente cansado. “¿Será ya de noche?” divagué a pesar de que los rayos del sol me rozaban la piel.
Sintiendo el cansancio en mis huesos, miré el hueso de la manzana en busca de la poca carne que aún quedaba, y solté el último mordisco posible. Al tragar ese puñado de proteínas vi o creí ver que el cielo se doblaba sobre mí, formando una “V”. Una vez que el vértice de la V se dobló tanto que pareció querer acariciar mi tripa, surgieron unas arrugas sobre el cielo inclinado, como las de una camisa azul a rallas mal planchada al final de un largo día.
Claramente el mundo estaba girando a mi alrededor, orbitando sobre mi cuerpo a la deriva; así que cerré los ojos esperando a que en la oscuridad nada pudiese moverse de sitio.
Aún mareado, dejé la manzana sobre la hierba como lo haría un pescador que prefiere devolver su trofeo al mar. A su lado, un pequeño caracol pasó arrastrándose entre la hierba. “¿Qué es lo que realmente echo de menos de ti?” repetí una tercera vez, con voz lenta e hipnótica. “¿Será tu cuerpo? ¿Serán tus ojos? ¿Serán tus manos? ¿Será tu voz? ”.
Entonces te vi, te vi perfectamente.

Ahí estabas, desnudándote delante de mí por primera vez. Sacándote de manera delicada ese vestido azul repleto de flores rojas que tanto te gusta, sabiendo que no había ninguna prisa, porque aquella noche era la de dos adolescentes en una noche de verano. Trepaste la cama mostrándome que tu piel aún se resguardaba detrás del sujetador y de las braguitas, chivándome que serían mis manos y no las tuyas las que te los iban a robar. Yo, nervioso, fui a quitártelas con la boca. De repente, te reíste. Sí, te hizo gracia que te mordiera la ropa interior de la misma manera en que te mordía el brazo; y a mí me encantó que te rieras.
“Ah, te echo tanto de menos…”
Un ruido brusco me despertó de mi letargo y abrí los ojos de par en par. Un perro paso a mí lado persiguiendo una pelota de tenis que botaba alejándose de mí; y creí que el caracol también iba en la misma búsqueda. Me incorporé, balanceándome con ambos brazos. “¿Me he quedado dormido?” me pregunté. Entonces miré mi reloj de mano y comprobé que eran las 7 de la tarde. “Sí, debo haberme quedado dormido.”
A duras penas me puse de pie y caminé regresando a mi casa torpemente, tan solo con las llaves y el teléfono móvil. Más tarde, ese mismo día, salí de fiesta con mis amigos a un bar de mi pueblo natal. Entre la tercera y la cuarta copa uno de ellos me acusó de tener cara de cansancio. “Pareces haberte quedado dormido al sol con la cara sobre una parrilla” dijo provocando la risa de todos. “No, no es eso” contesté. “En realidad, me he quedado dormido en el parque del barrio… Y he tenido el más extraño de los sueños”

Aparté la rodaja de manzana y le di un gran sorbo al Appletini. “He tenido el más extraño de los sueños” repetí. “He soñado con que echaba muchísimo de menos a una persona en España; a una persona a la que no conozco en verdad. En el seuño era como si yo estuviese viviendo allí, y estuviese saliendo con una gallega a la que realmente amaba, una novia con la que había vivido compartido muchas cosas. Al parecer, esta chica se había ido de viaje unos días a Islandia o algo así. Solamente eso, se había ido de viaje unos días, pero me había hecho sentir un profundo malestar, la mayor de las soledades. De verdad que la echaba de menos, la echaba tanto de menos. Todo en el sueño claro…”
“!Nunca he oído a nadie hablar de que ha soñado con una persona que no existe y a la que echa de menos!” exclamó él algo más serio.
“Te juro que el sueño ha sido tan intenso que aún me cuesta pensar que no es real”. Volví a dar otro gran sorbo sobre el Appeltini, buscando que el Martini hiciese de las suyas sobre mi consciencia. Ahora quería olvidar a esa chica de ensueño. Mi amigo me sacó una sonrisa y se puso a divagar sobre la inflación de la moneda en Argentina. Yo, sin embargo, no pude prestarle la menor intención.
“¿Qué es lo que realmente echaba de menos de ella?” reflexioné, entusiasmado, como si fuese un detective que estaba a una pista de resolver un crimen. “¿Sería su cuerpo? ¿Serían sus ojos? ¿Serían sus manos? ¿Sería su voz? ”.
Entonces, cerré los ojos y apreté los dientes con fuerza. Recogí -a tientas- la rodaja de manzana que estaba en la copa de cóctail y me la comí de un solo mordisco. La mastiqué lentamente, abstraído en lo que me había pasado en el parque. De repente, en mi mente se formó la figura de una chica, una chica con el pelo rojizo y los ojos grandes como la luna, a veces color miel a veces color verdoso. Su presencia era tan clara que si estiraba mi mano podría rozarla, pero no lo hice de puro nervioso. Sin embargo, ella, que notaba mi injustificada cobardía –después de todo era mi imaginación- se acercó a mí, me miró fijamente a los ojos y me susurró al oído. “¿Te acuerdas de la primera vez que me desnudé delante de ti? ¿Te acuerdas de la primera vez que hicimos el amor? ¿Te acuerdas de cómo me reí cuando me intentaste quitar las braguitas con los dientes…”

“Ya sé” resolví mientras abría los ojos y pedía más Martini. “Lo que echaba de menos de esa chica en el sueño, no fue su cuerpo, sino su presencia, no fueron sus ojos sino su mirada, no fueron sus manos sino su calor, no fue su voz sino sus palabras.”
***
Desde aquel extraño sueño -en el que echaba de menos a una chica que se iba a Islandia durante 7 días- no he echo otra cosa más que echarla de menos… Y sí, es así, porque a palos descubrí que la verdadera suerte es tener la suerte de poder echar a alguien en falta…
Y vuelvo todas las tardes al mismo parque de siempre, con una manzana Golden resguardada en la mano. Descalzo, estiro los dedos de los pies dejando que la hierba se entrelace entre mis pies. Y allí cierro los ojos una y otra vez, deseando que esa chica -del pelo rojizo y de ojos grandes como la luna, a veces color miel a veces color verdoso- exista de verdad; cierro los ojos una y otra vez, deseando despertarme de un momento a otro sabiendo que el no haberla conocido solo había sido un terrible sueño.
I love you

















