No me di cuenta de lo nervioso que estaba hasta que te vi llegar con ese vestido negro con encajes. Estabas increíble, increíble… pero no nos adelantemos. Aún no.

La verdad es que todo había empezado mucho antes, cuando nos dijimos, casualmente, que podíamos quedar para ir juntos a la fiesta de navidad. Es decir, acordaste ir junto a mí -¡yo!-, en vez de con cualquier otra persona de todo Meliá; incluyendo Cristina, Milda u otros de tus compañeros de departamento o, incluso, sola. “¿Por qué yo?” me pregunté. “¿Por qué yo?” me volví a preguntar una y otra vez.

Esa voz tuya -esa vocecita- que me dijo de quedar para ir a la fiesta, me produjo una sensación que me recordó a algo que me había pasado en el instituto, como si mi lengua hubiese vuelto a probar un sabor que llevaba una década sin degustar. Pero para explicar esa sensación tengo que hablarte del contexto:

Cuando tenía 16 años tenía la ferviente convicción de que jamás tendría novia. Nunca, nunca, nunca. Mis argumentos no eran muy elaborados la verdad, pero incluían axiomas tales como:

  • “Llevo el 100% de mi vida sin novia, por ende el futuro será igual”
  • “Soy feo, y la gente no cambia”
  • “Si no he tenido novia hasta ahora significa que nunca la tendré. Obviamente”
  • “Soy mucho más feo de lo que creía”
  • “16 años malgastados…”

A pesar de que mis teorías eran absurdas, yo tenía una enorme capacidad para auto-convencerme de las mayores estupideces. Así pues, resolví que ninguna chica se podría fijar en mí, independientemente de los esfuerzos que yo hiciese, ya fuesen físicos o mentales. Con todo esto, vino la mejor parte, porque al verme soltero de por vida empecé a fijarme en otras cosas, como la guitarra o la lectura.

Lo curioso es que estaba tan obnubilado en mi falso argumento que no caí en la cuenta de que varias chicas de mi clase se habían fijado en mí. No 1, no 2, sino varias… De hecho, mucho más tarde, una de ellas me confesó que había estado “coladita” por mí durante los años de instituto. “¡Oh… de haberlo sabido!” me recriminé.

Blank blackboard / chalkboard, hand writing on black chalk board holding chalk, great texture for text.

Pero no nos desviemos de la historia, todo esto venía a cuento de esa sensación que me habías producido al quedar conmigo para ir a la fiesta de navidad; esa sensación, que como ya dije, había vivido en el instituto y la cual aún no he explicado. Sigo:

Ensimismado en mi indiferencia hacia todas las mujeres –propia del hombre feo-, no me di cuenta de que una chica, la chica más guapa de toda la clase, se estaba girando todo el tiempo para mirarme. Sí, era la misma escena de una película norteamericana, donde uno de los críos se voltea de su pupitre para buscar la mirada de una compañera.

Increíble, pero así era. Ella estaba mirándome. Y yo oteaba al techo. Pero de vez en cuando, nuestras miradas se cruzaban brevemente, haciéndome dudar durante un instante. “No olvides tu lema: eres feo y siempre estarás soltero. ¡Ella no te está mirando con intenciones lujuriosas, estará perdida o vaya a saber qué!”

Durante varios días y durante varias semanas, continuó ese bailoteo de miradas entre ella y yo; pero por intensas que fuesen esas miradas, yo no estaba preparado para derribar mis principios sobre mi eterna soltería. Pasó septiembre, pasó octubre, pasó noviembre y llegó navidad.

Un día de diciembre, poco antes de las vacaciones, comenzó a granizar. Grandes piedras blanquecinas caían con violencia sobre la ventana de la clase, y se oía el golpeteo del granizo sobre los capós de los coches aparcados en el colegio. Todos se levantaron hipnotizados y se dirigieron a la ventana, haciendo caso omiso al profesor –quien también tendría más ganas de ver el granizo caer que de explicar la gravedad-. Yo, que aún seguía mirando al techo, bajé por fin la mirada y vi que allí no quedaba nadie en su sitio. Nadie, excepto una persona. Ella seguía mirándome fijamente, con una ligera sonrisa llena de picardía; la misma mirada y la misma sonrisa que llevaba poniéndome estos 3 meses y medios.

Pero entonces, por primera vez, ese gesto de ella me produjo una emoción diferente. “¿Y si…?” dudé… “¿Y si…?”. Las comisuras de mis labios se secaron de los nervios, y mis piernas temblaron un poquito al ritmo del granizo que seguía cayendo fuera. Tragué saliva, como reuniendo fuerzas, y sentí que esa emoción se personificaba y me susurraba al oído: “Y si llevas todo este tiempo equivocado… y si ella sí te mira porque le gustas…”

Fuera, el granizo se detuvo, pero en mis tripas parecía que estaba granizando con más fuerza que nunca. Las piedras heladas bombardeaban mi interior, y me pareció perfecto que así fuera.

Y sí, esa fue la sensación que sentí cuando acordamos en ir a la fiesta de navidad: “Y si…” dudé, “Y si…”.

Recuerdo que me había quedado en la oficina trabajando hasta la tarde, a pesar de que nos habían dado tiempo para cambiarnos, pero yo no tenía tiempo para volver a Majadahonda. Tampoco Ana tenía tiempo para ir a Valdemoro. Así que, para tu sorpresa, esa chica se interpondría en nuestra solitaria ruta hacia la fiesta. ¡Y yo que me moría de ganas de pasar un rato a solas contigo!

Antes de salir a la calle, me metí en el baño de las oficinas para cambiarme. Saqué la ropa –ya algo arrugada- de la mochila y me vestí para la ocasión. La verdad es que al mirarme al espejo supe que no estaba a la altura de las circunstancias. Sentí un poquito de pena y vergüenza de mí mismo y me dolió pensar que no te atraería nada a ti. Todo esto se acrecentó cuando te vi ese vestido negro…

Una vez en el metro, con Ana y Almudena, estuve especialmente callado, algo nervioso por la incómoda situación. Mientras vosotras hablabais de novios que ya no son novios, yo hacía cálculos mentales sobre cuánto te habías desviado de tu trayectoria para quedar conmigo –si es que te habías desviado algo-

Luego ocurrió lo que ya sabes, fuimos a tomar algo a la Mordida y, finalmente, a seguir tomando algo –muchos algos- en la fiesta de navidad. Una vez allí, tú te me escapabas cada dos por tres, al menos eso es lo que recuerdo. Ibas a hablar con esa persona de “x” departamento, o con aquella otra de “x” hotel. Así que deambulaba algo perdido entre esa multitud tan conocida y tan lejana para mí, preguntándome si esa sensación que había sentido unas horas antes había estado desencaminada.

Llegando el final de la noche entendí que todos esos “y si…” que había formulado unas horas antes no habían tenido un fundamento sólido; era como si al quedarse dormida la noche se quedaran dormidas mis esperanzas.

Ya con las ilusiones diluidas en patadas de realismo, sucedió algo absolutamente imprevisible. “Te acompaño a la parada, si quieres” dijiste. Supongo que yo contestaría algo sutil e indiferente, pero por dentro estaba diciéndome: “esa increíble chica del vestido negro va a volver a desviarse de su ruta para pasar, por fin por fin, un rato a solas contigo”.

Caminamos torpemente desde el hotel hasta Moncloa, tropezándonos aquí y allá por esos grados de alcohol de más, los tacones y el frío de una noche de diciembre. Al llegar a la parada miramos el tablón con los horarios y yo deseé que esa noche no pasara ninguno más. Por desear, deseé que no existiesen los autobuses, que no existiesen las carreteras, que no existiese Majadahonda y que no existiese el mañana.

Conversamos distraídamente –de nada-, esperando a ese autobús que sí iba a venir. Mi memoria es incapaz de chivarme qué nos dijimos esa noche, pero estoy seguro que no sería gran cosa. Después de todo, mi cabeza estaba pensando en algo totalmente diferente de lo que mi boca estaba dispuesta a decir.

“Qué guapa es…” esto sí recuerdo pensar. “Tiene los ojos más bonitos que existen”…

El autobús nocturno 651 se detuvo frente a nosotros, totalmente indiferente a nuestros propósitos –al menos los míos-. Nos dirigimos a la larga cola de gente borracha que esperaba ansiosa por subir, y nos quedamos al fondo, sin ninguna ilusión por concluir algo que todavía no había empezado.

Tú pediste un cabify mientras yo rebuscaba entre las tarjetas de mi cartera. Paso a paso, la cola se iba achicando como uno de esos cigarrillos que tanto te gustaba fumar.

Entonces sucedió el tercer hecho imprevisible de la noche…

Comenzó a granizar.

Las piedras blancas y frías caían con tanta rabia que la gente se apelotonó entre empujones para subir al autobús. Impulsivamente, te cogí de la mano y te arrastré debajo de la parada del autobús para refugiarnos del bombardeo. Los dos miramos hacia el techo de la parada y vimos absortos cómo el granizo parecía que iba a derribar la caseta tarde o temprano.

Una de las piedras de granizo rebotó en el suelo y se detuvo bajo nuestros pies. Los dos la observamos, divirtiéndonos como niños que juegan con la nieve por primera vez. Luego nos miramos, el uno al otro. Y a pesar de que nos habíamos visto seiscientas veces desde que nos conocimos por primera vez, sentí que aquella era la primera vez que te miraba.

Entonces, por segunda vez en mi vida, ese gesto me produjo una emoción especial. “¿Y si…?” dudé… “¿Y si…?”. Las comisuras de mis labios se secaron de los nervios, y mis piernas temblaron un poquito al ritmo del granizo que seguía cayendo fuera de la parada. Tragué saliva, como reuniendo fuerzas, y sentí que esa emoción se volvía a personificar para gritarme al oído: “Tienes todo el tiempo del mundo, pero el mundo te está regalando este momento…”

Me humedecí los labios como pude, intentando que no se me notaran las intenciones, pero sé que me habías visto. Si no te apartabas en los próximos 3 segundos es que tú te estabas humedeciendo el alma. Te tomé entre mis brazos y te besé. El autobús arrancó a nuestro lado y tu cabify te canceló el viaje como si tú y yo hubiésemos desaparecido de la faz de la tierra; mientras la carne de tus labios me enseñaba que había un sabor en el mundo que aún no había probado, como tu olor perfumado me enseñaba que había un aroma en el mundo que aún no había disfrutado…

Sin despegarme de ti, abrí los ojos para ver qué sucedía más allá de nosotros. El granizo caía con tantas ganas que no se podía ver más allá de medio metro. De hecho, el mundo fuera de la parada de autobús se había convertido en una inmensa cortina blanca que lo inundaba todo.

“Tienes todo el tiempo del mundo, pero el mundo te está regalando este momento…”

Te cogí las manos –que no estaban nada frías- y las deposité sobre mi cintura. Yo hice lo mismo con mis brazos, haciendo que te unieras a mí como si fuésemos dos inmensos bloques de hielo mezclándose a la deriva. Sin abandonar tus besos por un momento, volví a acercarte a mí, sin darme cuenta de que mi sexo estaba acariciando a tu sexo. Instintivamente, te empujé unos centímetros hacia atrás, haciéndote chocar contra el cristal de la parada. Coloqué una de mis manos al lado de tu cabeza, apoyándome en el vidrio, y sentí cómo el granizo impactaba del otro lado.

A los pocos segundos, mi mano se quedó fría y húmeda de estar apoyada en el cristal, así que la aparté. En el camino, rocé dulcemente mis nudillos sobre tus mejillas, pero no me detuve allí. Continué bajando, infiltrándome bajo tu abrigo. Ahora tocaba ese vestido negro que unas horas antes me había resultado etéreo. Progresé en mi camino hasta que mi fría mano tocó uno de tus pechos. Soltaste un ligero gemido mientras me estrujabas el hombro con tu mano derecha.

Mientras mis dedos seguían acariciando tu pezón, mi mano izquierda comenzó a ascender desde tu rodilla hasta tu cintura, obligándote a resoplar. Apreté intencionadamente alrededor de tu sexo, y después continué trepando hasta que ésta también llegó hasta tu pecho. Ambas manos se abrazaron sobre tus senos, y ascendieron una última vez hasta tu cuello, haciendo que tu cabeza se inclinara ligeramente hacia atrás.

Paso a paso, fui besándote desde los labios hacia abajo, como si mi lengua estuviese haciendo rappel sobre tu cuello. Y una vez más, acerqué mi sexo a tu sexo, aplastándonos cálidamente contra el cristal. Fuera, el silbido del granizo cayendo al suelo se entremezclaba rítmicamente con nuestras respiraciones ahogadas y calurosas.

Me rodeaste el cuello con tus brazos, y yo te cogí de ambas piernas. Tiré de ellas hasta que trepaste sobre mi cintura. Ambos perdimos el equilibrio y caímos al suelo. Tú encima de mí y yo encima del Universo. Nos miramos contrariados, perdidos como si hubiésemos sido dos personas cuyas consciencias hubieran sido abducidas temporalmente. Pero ninguno de los dos quiso dejar de ser quien era. Todo era perfecto.

Aún en el suelo, te quité el abrigo y me quitaste el abrigo. Luego, nerviosamente, me desprendiste la camisa y yo nerviosamente te quité el vestido. Mi pene rozó tus braguitas, que estaban húmedas como lo había estada tu alma unos minutos atrás. El placer fue tan grande, que tuve que tirar de ti para que me siguieras besando, porque tu lengua hacía que mi gozo se quedara atrapado.

Acariciándote el rostro con mi mano derecha, utilicé mi mano izquierda para apartarte las braguitas. Posé dos dedos sobre tu coño, que estaba caliente, y comencé a moverlos circularmente, mientras mi pene adulaba a tu entrepierna. Entonces me pediste que te hiciera el amor. Yo no me extrañé ni por un segundo de que hubieses escogido esas palabras. “Hacer el amor”.

Coloqué mi pene sobre tu vagina y te inclinaste hacia mí, haciendo que nuestros cuerpos comenzaran a unirse. Entré dentro de ti y tú entraste dentro de mí.

Entonces, el granizo se detuvo en seco, produciendo un increíble silencio tan intenso que nos resultó ruidoso. Sin embargo, ahora estaba granizando dentro de nuestras tripas; y lo estaba haciendo con una fuerza que nunca habíamos sentido. Las piedras heladas bombardeaban nuestro interior, y nos pareció perfecto que así fuera; chocándose en nuestras entrañas como pelotas de pinball, haciéndonos arder una y otra vez.

***

Aquella noche estuviste preciosa, estuviste perfecta, como si hubiese pedido un millón de deseos y todos se me hubiesen cumplido. La verdad, es que desde entonces, no ha habido un solo segundo en el que haya dudado de lo feliz que me hace, que cada vez que te veo, vuelva a granizar en mi interior.

I love you so…

Join the Conversation

  1. Avatar de Desconocido

1 Comment

  1. Ay amor! Que texto tan genial! Aunque he de decirte que es algo de lo que yo categorizo a veces como «cruel» porque me empiezo a imaginar cosas que la distancia no permite! Rememoras la noche de la fiesta de Navidad… Ya te confesé que tenía varios «planes maestros» cuyo único fin era estar a solas contigo… Es más, Necesitaba estar contigo, después del regalo que me hiciste de cumpleaños… Solo al final de la noche lo conseguí después de mucho lucharlo y, sin duda habría dado lo que fuera porque hubiera terminado como relatas aquí… Fue la primera de las muchas noches que recuerdo haber pasado contigo, tengo tantas… Por enumerarte solo algunas, la noche de marzo donde «quedamos» por primer vez, la noche lluviosa de mayo, donde muy piripi te reciminé que te fueras sin darme un beso, la noche en el Pardo, donde te sentí tan cerca de mí que mi corazón estallaba, la noche donde hicimos el amor por primera vez, súper tarde y casi sin planear… Y las dos mejores que recuerdo por una inmensisisisisisima sensación de felicidad… Por supuesto 26 de mayo, donde fui consciente de que mi sueño era real y la noche del 23 de agosto que fue tan tan tan especial de principio a fin… Y que esto no desmerezca a las noches en Logroño, las de mi casa u otras en las que habíamos quedado… Y lo mejor es que todas estas noches serán recordadas y faltan otras muchas noches por llegar… Donde tu cuerpo y el mío se sigan uniendo haciendo saltar esta química que tenemos y que no nos permite separarnos… Te quiero mucho amor!

    Me gusta

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar