Hoy, después de hablar contigo, volví a sentir esa soledad que tuve el domingo al dejarte en casa tras tantos días juntos. Tuve un mal sabor de boca porque los cigarrillos no saben nada bien si no es a tu lado, un poco de tembleque en las piernas por no saber muy bien adónde ir (estaba en la calle), y hasta creyendo que la tarde se me iba a hacer larga -cuando contigo se me hacen tan cortas.

Y ya sé que todo esto que digo tiene algo de exageración, pero también tiene algo de verdad. ¿No crees?

En cualquier caso, siempre te digo por lo bajini, que me hace muy feliz echarte de menos. Entre otras cosas, porque me ayuda a recordar lo mucho que te quiero. Además, en la distancia siempre surge algo, un pequeño propósito, una meta, un destino… Y sí, la distancia de tu viaje a Islandia (en kilómetros y en días), me hacen desear que llegue septiembre, que llegue el próximo fin de semana, etcétera…

Me encanta que exista una distancia con la próxima escapada contigo, o con un evento en Meliá en el que compartiremos miradas y, probablemente, acabemos escondidos en algún sitio para darnos un beso. Me encanta pensar que nos encontraremos en Navidad, abrigados hasta arriba, quizás con nieve.

Ays! qué bonita es la distancia, porque después de todo, ese nerviosismo de los primeros días de nuestra relación se debían a esa conquista, paso a paso, de la distancia que aún teníamos…

Bueno… y esta idea de que es por la distancia que surge el deseo, me recordó a un pequeño textito que había escrito. lo busqué y lo encontré… resulta que lo escribí hace casi exactamente 8 años!

VIVA LA DISTANCIA (30/08/2011)

Al principio del todo, cuando las cosas no eran cosas, la Luna se había enamorado de los hombres por la capacidad que estos tenían de soñar con fuerza, de cumplir sus proyectos y de querer llegar más lejos; sobre todo, de posponer la línea de meta siempre que era posible. Diose cuenta la Luna y presumida quiso, empujón a empujón, girar alrededor de la Tierra consiguiendo llegar a todos las personas que allí vivían. Iluminó los sueños de los planetarios durante milenios, siempre cada veinticuatro horas. Era un ejercicio agotador pues exigía la no demora y el no descanso; muy seguro apuesto si digo que ninguna otra vencería, ¡otros tantos se atrevieron! pero ella, a falta de desgastarse, se hacía más fuerte al ver que los hombres agradecían al horizonte sus victorias y conquistas. 

No había ocasión en que la Luna no asomara redonda y brillante, siempre dispuesta a sugerir los caminos por los que habitar, siempre orgullosa de ser cómplice de la magia por la que los hombres vivían. Tanto era que al caer la tarde era común ver a varios cientos de personas arrinconadas en la colina, con los ojos abiertos y el alma entregada, todos pedían deseos a la Luna y pocas las veces en que no se cumplían. Ella devolvía las peticiones con un silencio que aún así se escuchaba. 

Una vez, cuando las cosas no eran cosas, le pregunté a la Luna qué movía toda aquella magia, y ella me contestó sincera que “la distancia”. Más quise saber y más pudo contarme; tanto hallé que no puedo callarme: que las personas se mueven porque hay dónde ir, que las personas aman porque lo amado está en continua búsqueda, en definitiva, que la distancia es por lo que las personas avanzan. Entendí, después, que la mayor distancia era aquella que jamás podría alcanzarse, que la distancia última era la que nunca se dejaba tocar con la yema de los dedos, y que esa distancia no era otra que la que había entre la Tierra y la Luna. Eso que de inconquistable tenía la Luna era lo que generaba la posibilidad, la posibilidad de la magia, la posibilidad del deseo, la posibilidad de creer.

Era fácil: por una distancia infinita los hombres recorrían las distancias finitas. Por un camino inaccesible y etéreo los hombres construían senderos en la Tierra. Por lo que estaba inviolable más allá, las personas iban paso a paso en sus propuestas. La gente creía en la magia gracias a lo desconocido, a la distancia, y por ello podían pedir, y sólo al que pide se le otorgan los deseos. 

Sin embargo, cuando las cosas ya eran cosas, el hombre quiso pisar la Luna porque no entendía que en la distancia estaba la magia, el hombre no entendía que el no ver algunas cosas le hace a uno más hermoso, que lo desconocido le hace a uno enfrentarse a sí mismo y superarse. Mirar si no las flores, ejemplos divinos, tan hermosas ellas y sin ojos con los que mirarse; la naturaleza les hizo así porque les pide que confíen en ellas, en su propia belleza, y sólo se les pide eso. La naturaleza le había pedido al hombre que encontrara en la distancia el motor de sus andares, que en ella y por ella se luciera; que, sobre todo, confiara en esa distancia, en esa magia. En otras palabras: la naturaleza le había pedido al hombre que no engullera esa distancia insalvable que había en ciertas cosas, pues era por ello por lo que los hombres se movían con dulzura. El día en que el hombre llegó a la luna, ese alunizaje televisado, desapreció la distancia y con ella la magia.

¿No veis hoy lo delgada que luce la Luna? La Luna, antes esférica eterna, hoy se enseña menguante, tapándose el rostro avergonzada; la Luna ya no quiere que la veamos, porque los hombres ya no ven nada en ella. De vez en cuando hay Luna llena, sí, pero en tanto los pocos que aún creen en ella dejen de hacerlo, la Luna se detendrá y los hombres bajo ella. 

Hoy, cuando sólo existen cosas pegadas a otras cosas, estamos tan sumamente pegados que no nos movemos. ¿O acaso habéis visto a alguien hacer algo por alguien últimamente? Ni siquiera por ellos mismos. Apatía. Hoy, cuando sólo existen cosas, no hay lugar a la distancia. Yo, que una vez hablé con la Luna, me impongo que vuelva la distancia, que vuelvan las cosas inalcanzables, que vuelva lo imposible, que por ellas yo he nacido, que por ellas yo me muevo. 

Sabed vosotros que una estrella fugaz es la forma que la distancia tiene de llamarnos la atención. La Luna se marcha y los otros también, por eso caen en llamas. No les dejemos ir. Creer, vivir la magia. Inventar lugares, crear distancias.

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  1. Avatar de Desconocido

1 Comment

  1. Que bonito el texto de la luna! Y encima eso… La luna! Que bien sabes que es algo importante para mí, la tengo tatuada! Tienes razón, todo es bonito cuando es inalcanzable, esa ilusión que tienes de lo que podría ser cuando lo alcances pero sabes que nunca llegará… Sin embargo, a mí me ha pasado que alcancé algo que ya creía inalcanzable y no es ni más ni menos que tu amor… Sin duda, la conquista más importante que hice, las más satisfactoria y la más feliz! Ese inalcanzable es la única excepción! Es bonito echar también de menos, te sirve para valorar lo que tienes y para apreciarlo más… Quien me iba a decir que el día de mi vuelta iba a tener algo feliz o ese finde cualquiera de septiembre donde nos reencontraremos del todo? Sé que somos un poco exagerados, parecía el martes que no nos íbamos a ver en mucho tiempo, pero para nosotros, una semana es un mundo… Pero es nuestro mundo que Le vamos a hacer…

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