Los aeropuertos me gustan, sí, me gustan. Por eso no me importa ir con tiempo y pasear por todas las puertas de embarques, por los dutty free y por las salas de espera. ¡Por gustarme, hasta me gusta pasar por seguridad!

También me gusta ver las caras de los viajeros, aquellos que se van de vacaciones a las Maldivas, aquellos que van a una reunión a Hong Kong o esos (sobre todo estos) que tienen esa expresión en la cara de que están dejando algo importante detrás, y que les duele; les duele mucho.

La idea fundamental es la siguiente: en un aeropuerto todo es posible. Sí, es posible ir a Islandia a por unas vacaciones, pero también es posible dejar atrás el trabajo, dejar atrás una familia o empezar una nueva relación; cambiar de paisajes, cambiar de horizontes y cambiar de gentes.

Con esto quiero decir que hace relativamente pocos años que somos capaces de tener un aeropuerto a nuestro alcance para poder cambiar el rumbo nuestras vidas cuando lo necesitemos.

Pero no pienses que esta es una idea triste, al fin y al cabo esos cambios de rumbo hizo que esos dos chicos de los que hablaba en el primer post coincidieran en una oficina de Meliá

Dejar Argentina fue el cambio de rumbo más importante y aquí hay una pequeña anécdota. Imagínate que con 12 años recién cumplidos (2 días antes del vuelo), uno es lo suficientemente mayor como para entender lo que significa viajar de Argentina a España, pero es lo suficientemente menor como para no entender las consecuencias que eso tenía: realmente iba a dejar de ver a mis tíos, a mis abuelos, a mis amigos del barrio y a mis primos.

En el aeropuerto, mi madre (mi padre ya estaba aquí) y mis hermanos nos despedimos de mi tia y de mis dos primos. Caminamos por el pasillo de cristal de seguridad y antes de desaparecer tras la multitud, di media vuelta para ver a esa familia que se quedaba allí; del otro lado de las barreras.

Fue entonces, justo entonces, cuando lo entendí todo: mi prima, Gimena, de 14 años, estaba llorando desconsoladamente. Un nudo en el estómago me hizo saber que no la volvería a ver nunca más.

Bueno, la verdad es que la volví a ver. Sí, pero la volví a ver 2 veces más. 2 veces en casi 20 años. Y, el otro día me confesó mi madre que estaba embarazada; pero la distancia es ya demasiado grande.

Pero todo eso que se quedó atrás es, justamente, lo que me ha hecho poder encontrar el mayor tesoro de mi vida; aquí, en España, en Madrid, y en una pequeña sala de una oficina en Chamartín. Y yo sé que mi prima es muy feliz allí del otro lado, y yo soy muy feliz de este. Y eso es más que suficiente! Al fin y al cabo, en un aeropuerto hay tanto SALIDAS como LLEGADAS….

Hoy embarcas en un vuelo a Islandia y yo que te deseo lo mejor, hasta que disfrutes del aeropuerto, del avión, de despegar y de aterrizar! Pero sobre todo, deseo que desees tanto como yo que pronto llegue el día en que compartamos una ventanilla de un avión que se dirige a uno de esos países exóticos que tanto te gustan.

Yo, mientras tanto, me quedaré pensando, que un boing 737 me trajo más cerca de ti hace 18 años.

I love you…

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  1. Avatar de Desconocido

1 Comment

  1. Querido bloguero… Una vez más coincido en la vida que hay un aeropuerto! Siempre me gusta imaginar adonde van las personas que veo, si van por trabajo, si se reencuentran con su familia, si van a esas ansiadas vacaciones… Me imagino lo que tuvo que ser salir de Argentina… Siempre que me voy, no puedo evitar sentir en el ambiente ese aura de tristeza que nos invade a todos… Porque, normalmente, viajamos todos de vuelta… O en tu caso de ida pero de no retorno que es peor… Pero siempre todas las cosas pasan por algo… Y yo agradezco que viajarás a España (tendré que dar las gracias a tu padre, bueno al padre del chico del blog) porque eso nos puso en el camino! Love u… No dejo de pensarte

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